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Una Sinfonía de Hielo y Fuego – La Ascensión – El Rey Lich Triunfante

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Mientras Sylvanas se hacía con el poder en Lordaeron, la flota de Arthas desembarcaba en Northrend. En el momento en que sus tropas se encuentran desembarcando en la Bahía Daggercap, son repentinamente atacados por jinetes dracohalcones de los Elfos Sanguinarios. Sorprendido de ver elfos en esas desoladas tierras, Arthas ordena su ejercito. Durante la batalla, la tierra empieza a temblar, y de las profundidades de un profundo abismo, una gigantesca criatura semejante a un escarabajo emerge a la superficie y acaba con los elfos. El guerrero se identifica como Anub’Arak, el último rey de los nerubians, ahora transformado en un Señor de la Cripta por los grandes poderes nigromantes de Ner’zhul. Será su guardaespaldas durante la travesía hasta Icecrown. En ese momento, aparece una figura en medio del campamento: es Kael’thas, el príncipe de los Elfos Sanguinarios. En efecto, Kael informa a Arthas de la cercana destrucción del Rey Lich al mando de las fuerzas combinadas de elfos y naga al mando de Illidan, y Arthas no podrá hacer nada. Es la venganza de los Altos Elfos por la destrucción de Quel’thalas y otros insultos.

Kael desaparece, y las fuerzas del Azote penetran en Northrend. Anub’Arak propone cortar camino penetrando en el oscuro reino subterráneo de Azjol-Nerub, y Arthas acepta, pero para llegar a la entrada de las catacumbas, deben vencer a una enorme fuerza de guerreros naga que guarda la entrada. Ante la constante debilidad del Caballero de la Muerte, Anub’Arak y Arthas deciden atacar a un dragón azul que vive cerca de la zona, que no es otro que el poderoso Sapphiron, el sirviente de Malygos, que durante milenios ha defendido el ancestral cementerio de los dragones, el Dragonbligth. Tras una gran batalla con Sapphiron, finalmente el dragón cae, y Arthas, utilizando los poderes nigromantes de Frostmourne, lo anima como un Frost Wyrm. Con la ayuda de Sapphiron, Arthas y Anub’Arak se abren paso entre las fuerzas de los naga, y finalmente penetran en el cañón que lleva a las catacumbas de Azjol-Nerub.

En la entrada hallan otra sorpresa. Una banda de enanos les cierra el paso. Son los enanos de Muradin Bronzebeard, a quien Arthas traicionara cuando ambos fueron en la búsqueda de Frostmourne. Los enanos han permanecido en Northrend desde entonces, al mando de Baelgun, primer lugarteniente de Muradin, con el objetivo de vengar a su camarada. Sin embargo, durante su estadía en Northrend, los enanos han despertado un profundo y terrible mal que duerme bajo la tierra. Arthas y Anub’Arak, con la ayuda de Sapphiron, derrotan a los enanos y penetran en las catacumbas.

Una vez dentro de la gruta, Baelgun ordena dinamitar un valioso puente hacia el interior del Viejo Reino nerubian. Arthas y Anub’Arak deben dar un gran rodeo por el llamado Reino Inferior, enfrentándose a los enanos de Baelgun a cada paso y a las ocultas trampas colocadas antaño por los nerubians durante la Guerra de la Araña. Derrotado Baelgun por el poder de los héroes muertos vivientes, inician el ascenso hacia el Reino Superior, donde las fuerzas rebeldes de los nerubians sobrevivientes se oponen al paso de su antiguo señor. Durante el ascenso, se encuentran con el peligro que tanto temían los enanos: los Sin Rostro (Faceless One). Estas monstruosas criaturas con enormes tentáculos, levantados en lo profundo de la oscuridad de Azjol-Nerub, se constituyen un gran adversario para Arthas y Anub’Arak.

Luego de muchas vicisitudes, se enfrentan con el líder de los Sin Rostro, el Olvidado (Forgottem One), una enorme criatura con miles de tentáculos, gigantesca como una montaña. Arthas y Anub’Arak luchan con todas sus fuerzas, hasta que logran derrotarlo.

Una vez en el Reino Superior, un tremendo terremoto produce un derrumbe y ambos héroes son separados. Arthas, solo, trata de escapar hacia la superficie, perseguido por los malvados Sin Rostro, que añoran venganza, y cruzando un enorme laberinto de túneles. Finalmente, se encuentra con Anub’Arak y salen a la superficie, justo en la base de Icecrown.

Horas después, el Azote ha colocado sus bases cerca del Trono de Hielo. El Rey Lich se comunica mentalmente con Arthas de nuevo, y le explica que Frostmourne una vez fue parte del Trono de Hielo, pero que él ordenó retirar la espada con el objetivo de que Arthas la encontrara y eventualmente le condujera a Icecrown. El hueco dejado por Frostmourne ha drenado su poder desde ese momento.

Cuatro inmensos obeliscos rodean Icecrown, y los cuatro deben estar activados para abrir la cámara que conduce al Trono de Hielo. Del otro lado del glaciar, Illidan y sus fuerzas, los Naga y Elfos Sanguinarios, se preparan para el ataque final. Illidan promete que este será el día en que el temible Azote llega a su fin, mientras Arthas decide que Illidan ya se ha entrometido suficiente en sus planes. Una tremenda batalla entre las fuerzas de Illidan y el Azote se entabla alrededor de Icecrown. Continuamente, el control de los obeliscos cambia de manos, pero finalmente, el Rey Lich concentra todos sus poderes en su campeón, y el Azote resulta vencedor.

En un último y desesperado intento por evitar que Arthas ingrese a la cámara del Trono de Hielo, Illidan se enfrenta cara a cara con el Caballero. Los dos guerreros más poderosos de la historia de Azeroth, frente a frente, luego de muchas eras. Las Espadas Curvas de Azzinoth y la poderosa Frostmourne relumbran con cada golpe, pero Arthas, utilizando todas sus fuerzas, logra herir mortalmente en el estómago a Illidan, que cae sobre la nieve y rápidamente se desangra.

Con su enemigo vencido, Arthas procede a ingresar a la cámara. Conforma asciende la congelada escalinata hacia el Trono de Hielo, la cámara se va destruyendo y cae a su alrededor. Las voces de sus antiguos amigos y amados, el Rey Terenas, Uther Lightbringer, Muradin Bronzebeard y el archimago Antonidas, que él ha destruido en nombre del Rey Lich, acosan su cabeza. Una vez en la cima, la temible armadura de Ner’zhul, donde su espíritu maligno se halla encerrado, lo confina a romper el bloque de hielo y completar el círculo. Con un último grito de desesperación, Arthas incrusta a Frostmourne en el bloque de hielo, que se rompe en mil pedazos y libera la armadura. Tomando el yelmo de Ner’zhul, que ha caído a sus pies, Arthas se lo coloca, cual corona, sobre su cabeza. En la profundidad de la gruta, la tenebrosa voz del Rey Lich resuena como una profecía y una maldición: “Ahora, somos uno.”

Los destinos de Arthas y del Rey Lich se han fundido. Sentado sobre el Trono de Hielo, triunfante, el Señor del Azote, el ser más poderoso jamás visto sobre Azeroth, maquina su siguiente golpe sobre el mundo…

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